sábado, 15 de diciembre de 2012

DOMINGO III DE ADVIENTO

"Hijos de Santa Ana"


Lucas 3, 2-3. 10-18. ¿Qué debemos hacer?

“El Espíritu del Señor esta sobre mi; me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres”.

       Si el evangelio del domingo pasado situaba el nacimiento de Jesús y, con él, el comienzo de la nueva Alianza en un momento histórico concreto, las lecturas de este domingo nos sitúa ante la necesidad de vivir este Adviento concreto en el aquí y ahora de nuestra vidas. La Navidad ya está cerca y preparar nuestra comunidad, nuestra familia y mi propia persona para esta celebración exige una cierta dedicación y atención.

       Las dos primeras lectura  nos hablan de una actitud básica para este tiempo de Adviento: la alegría. La lectura del profeta Sofonías comienza con una invitación a levantar la cabeza y el corazón: “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, alégrate y gózate”. Hay una razón fundamental para que podamos disfrutar de esa alegría. Como dice el mismo profeta, “el Señor ha cancelado nuestra condena, se goza y se complace en nosotros”. Y termina con la única conclusión posible: “: “El Señor te ama”. Lo que se acerca, lo que vamos a celebrar dentro de unos días es el comienzo de la historia de nuestra definitiva liberación de todo lo que nos oprime, nos encadena y no nos deja ser personas. Lo que nos libera es precisamente ese  amor que Dios nos tiene. La segunda lectura incide en la misma idea. Pablo pide a los filipenses, y a nosotros también que estemos en el Señor. Podemos confiar totalmente en él – nada  nos ha de preocupar -  y la paz de Dios habitará en nuestros corazones. La razón sigue siendo la misma: el Señor esta cerca, nuestra liberación ya está en marcha. Esa es ver y más profunda razón para la alegría y el gozo de los cristianos.

       El evangelio nos ofrece otra perspectiva de la misma realidad. La alegría se expresa en el anuncio de la Buena Nueva de la salvación por Juan Bautista. Pero la acogida de esa noticia no nos puede dejar indiferentes. Tiene consecuencias para nuestra vida. Lo mismo que los que escuchaban a Juan le preguntaron que debían hacer, hoy también nos podemos hacer la misma pregunta. La respuesta de Juan no fue la misma para todos. Más bien tuvo en cuenta la diversa situación de cada persona. A unos  se les pide compartir lo que tienen, a otros practicar la justicia, a otro no hacer daño a nadie ni abusar de su poder. Ahora es cuestión nuestra mirar a nuestra vida y preguntarnos qué tenemos que hacer.



       Quizás no obtengamos la misma respuesta para todo. Y a cada uno le tocará ser honesto y aplicar su respuesta a la propia vida. En todo caso. Hay que saber que es urgente hacerlo porque ya está cerca el que nos “bautizara con Espíritu Santo y con fuego”. Nuestra alegría no puede darse si no hay verdadero cambio, una verdadera conversión. La Buena Noticia, si la acogemos en el corazón, nos cambia la vida y nos ayuda a descubrir el verdadero gozo: “el que viene es el que nos ama”.

Preguntémonos:

       ¿Cómo podría vivir y expresar la alegría en estos días de Adviento y en la Navidad que se aproximan?

         ¿En qué puntos concretos mi vida debe cambiar si quiero acoger de verdad al Jesús que viene?

¿En qué relación con los otros, con mi familia, conmigo mismo?
       

jueves, 13 de diciembre de 2012

MARÍA EN SU TIEMPO

"Hijos de Santa Ana"



María en su tiempo, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo. La casi totalidad de sus días pasaban de una manera muy parecida a las jornadas de otros millones de mujeres, ocupadas en cuidar de su hogar, de su familia y educar a sus hijos, santificando el trabajo de cada día. Ella es al mismo tiempo Reina de los Cielos y Sierva de los siervos de Dios. Ella se encuentra, en efecto, entre los pobres de espíritu, los anawin, o pobres de Yahveh que no confían ni esperan la salvación de los bienes terrenales, sino de la misericordia de Dios y por eso son alabados por Cristo en el Sermón de las Bienaventuranzas, donde el Señor enseñó que ha venido a traer la paz a los hombres de buena voluntad, no sólo a los ricos, ni sólo a los pobres, sino a todos los que, en Jesús somos hermanos.

Pero es de los purísimos y delicados labios de una mujer que oímos el loor vibrante de sentimientos y piedad por esos pobres. Aunque prometida a un descendiente de la estirpe real de David, María es de corazón pobre y humilde; este corazón limpio de la soberbia atrae la mirada del Creador que en Ella se fija y elige para la misión más alta: la de dar al mundo el Salvador. 

Dios, todopoderoso, quiso escoger su Madre. ¿Tú, o yo, qué habríamos hecho, si tuviéramos que escogerla? Con certeza, escogeríamos la que Dios nos concedió, pero la llenaríamos de todas las gracias. Eso hizo Dios. María no podría estar sujeta a Satanás y la sobreabundancia de gracias que Dios le concedió le garantizó esta protección desde el primer instante de su concepción. María: limpia en alma y cuerpo. María misma sobresale «entre los humildes y pobres del Señor, que de Él esperan con confianza la salvación. En fin, con Ella, excelsa Hija de Sión, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía, cuando el Hijo de Dios asumió de Ella la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los misterios de su carne».


Y EL VERBO SE HIZO CARNE

"Hijos de Santa Ana"

martes, 11 de diciembre de 2012

DOMINGO II DE ADVIENTO

"Hijos de Santa Ana"

Lucas 3, 1-3. Todos los hombres verán la salvación de Dios.      

"Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Todos verán la salvación de Dios".

Hoy, el evangelio de Lucas nos presenta un predicador más que original raro y extravagante, “La Palabra de Dios vino sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto”.
                        La Palabra de Dios no nos viene de la Roma imperial, Tiberio y Pilato, ni del templo de Jerusalén y sus grandes sacerdotes, Anás y Caifás.
 Marco histórico de hombres olvidados, tuvieron su día, pero como no son dueños del tiempo ni de la historia desaparecieron sin más.
                Hoy, otros nombres ocupan su lugar y llenan nuestros periódicos, los medios de comunicación, pero no dicen nada nuevo, no te invitan a ser mejor persona. Pero Juan sigue ahí, predicándonos su mensaje de cambio, de conversión.
         Juan, en el desierto de una religión sin profetas y sin Espíritu, los sacrificios y el culto del Templo, esos ritos vacíos, habían sustituido a la fuerza de la palabra profética. Era rara en esos días la Palabra de Dios…
                En el pensamiento de Lucas, Juan Bautista no es tanto el Precursor de Jesús, cuanto el último profeta del antiguo Testamento (cfr. Lc 16,16). Con Jesús comienza algo totalmente nuevo. La humanidad de Jesús es el lugar de encuentro con la palabra eterna de Dios y a la vez con todos los hombres. También hoy el mensaje de Jesús debe poner especial cuidado en invitar a las gentes al encuentro con Él, que refleja el rostro del Padre y el sentido auténtico de la existencia humana.
                        El desierto, en la Palabra de Dios, es el lugar donde uno se puede encontrar consigo mismo y mirar la propia vida con sinceridad, sin interferencias.
Desde ese encontrarnos con nosotros mismos, a la luz de los planes de Dios, en este “desierto” que es el Adviento, seguro que llegaremos a plantearnos la conversión de la que Juan habla.
        Conversión, que no es cambiar un poco, ni cambiar sólo exteriormente -como el que se cambia de traje-. La conversión no es darnos un barniz, que no llega a lo interior. La conversión es un cambio total de vida, de planteamientos; un dejarnos hacer por Dios. Es un cambio desde la raíz, de todo aquello que no nos deja vivir como hijos suyos.
                Examinemos nuestra conciencia, pues con frecuencia la primera tendencia interior ante los requerimientos divinos para ser más santos, no es una respuesta afirmativa, incondicionada, generosa. No pocas veces tratamos de cumplir con Dios, pero en el sentido más estrecho de esta expresión: para quitarnos el cuidado de encima. Intentamos en ocasiones cumplir su voluntad, pero acoplándola a nuestra vida, a nuestra jornada habitual, a nuestra organización ya establecida y decididamente inamovible. Acogemos el querer divino en la vida forzado, como con calzador y, en esas circunstancias, se nos hacen patentes aquellas palabras del Señor: no se puede servir a dos señores...
        Al profeta nunca le falta el desierto. Decir desierto significa silencio, búsqueda de la esencialidad, lucha contra la propia soberbia y contra los múltiples enemigos del alma, escucha atenta de la Palabra, distancia crítica de las "modas" y juicios demasiado precipitados.
        Quizás no resulte fácil pensar que ante una multitud bulliciosa sea más probable encontrar a alguno que escuche, pero el Bautista no parece que pensaba así. Juan nos enseña a amar el desierto, aunque conlleve no pocas situaciones de pobreza, indiferencia, injusticia, en las que se nos invita a hacer resonar la Palabra del consuelo y la fraternidad.

sábado, 1 de diciembre de 2012

DOMINGO I DE ADVIENTO

"Hijos de Santa Ana"
 
MUÉSTRANOS, SEÑOR, TU MISERICORDIA Y DANOS TU SALVACIÓN.
               
Lucas 21, 25-28. 34-36. “Estén siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que esta por venir y manténgase en pie ante el Hijo del hombre”
 
Cualquier creyente sabe que una diferencia entre judíos y cristianos consiste en que los judíos esperan la venida del Mesías, viven todavía en la espera de su liberación; mientras que los cristianos creemos que ya vino, vivimos de la fe en su venida y de la esperanza de que volverá.
                La venida de Cristo partió en dos la historia humana en un antes y un después. Vivir de espaldas al Evangelio es vivir de hecho antes de su venida; vivir según sus enseñanzas es vivir después. Es decir, sabemos que estamos redimidos y que caminamos al encuentro del Señor. Es ésta una buena síntesis de nuestra fe: «Esperamos al Señor que viene... caminando a su encuentro».
 
 
                Con el Adviento comienza de nuevo la celebración de los misterios de nuestra redención. ¿Tiene el mundo necesidad de redención? ¿Necesita el mundo ser liberado? ¿Necesitamos los hombres de hoy ser liberados del algo…? Que no vivimos en un mundo santo, está claro. Que el mundo no es como podría ser y como deseamos que fuera, lo sabemos muy bien.
                Como también sabemos que somos amados por Dios, pero estamos al mismo tiempo expuestos a los vientos del mal que entorpecen o bloquean la respuesta de amor que desearíamos darle y que, por el contrario, nos confirman en nuestros egoísmos, celos y recelos, orgullos y depresiones. San Pablo nos lo describe en su conocida duplicidad de la ley: «No ejecuto lo que quiero y en cambio, hago lo que detesto» (Rom. 7, 15).
                Hay quien desentendiéndose de la pregunta, se posicionan frente al mundo como si todo fuera blanco o negro, bueno o malo, sublime o diabólico, y busca la manera de hacer su vida en la convicción de que el mundo es como es y nada lo puede cambiar. Es una concepción fatalista y pagana, que habla de un destino irrevocable, de que la suerte está echada, que no hay posibilidad de marcha atrás ni posibilidad de cambio.
                El Evangelio nos habla de la actitud inconsciente de los que no saben o no quieren ver, de los que quieren adormecerse con el estupefaciente de las drogas, el alcoholismo, el súper activismo… con todo lo que se piensa que ayuda a disfrutar del tiempo presente aunque produzca stress e infartos.
                Todos participamos de alguna manera en la convicción de que lo único que cuenta es vivir, pasar, disfrutar, hasta que un día tocamos el suelo de nuestras fronteras humanas. Alguien desaparece de nuestro lado, sufrimos una decepción… y nuestra fortaleza se agrieta y se derrumba.
        O participamos de la segunda interpretación del mundo concebido como algo donde uno puede sentirse útil, elemento activo con capacidad para remediar algo. Si el mundo es malo es porque lo hemos hecho así, pero podemos contribuir a hacerlo mejor poniéndonos en el camino de la verdad. Aunque la experiencia de impotencia para remediar los males, nos puede hundir en el pesimismo, necesitamos incluir las convicciones de la fe en Dios padre y providente, presente a nuestro lado, con deseo de salvar el mundo y, de alguna manera, necesitado de nuestra entrega como instrumentos de su poder y de su amor.
                La virtud del Adviento es la esperanza: Dios viene a nosotros en su Hijo para hacer más habitable este mundo, tal y como todos desean y por lo que muchos se afanan y trabajan. «Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación» (Lc. 21, 28). Levantar la cabeza para ver lo que acontece. No que escondamos la cabeza debajo del ala o bajo tierra como los avestruces, para no enterarnos de nada.
                        La fe en su primera venida –en pobreza y debilidad- ayuda a esperar con más ansia lo que con su segunda venida quiere consumar en nosotros. La celebración del Adviento es renovación de la fe en la primera venida y esperanza en la segunda. La vida cristiana es un caminar al encuentro del Señor o, al menos, un no volverle la espalda cuando Él viene como Buen Samaritano o sale a nuestro encuentro como Padre de Hijo Pródigo.
                Porque sin encuentro con Él no hay liberación. Porque no se puede celebrar el Adviento sin fe profunda y esperanza ardiente. Porque no puede celebrar el Adviento quien no repite de corazón: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!»
 
Reflexiona:
        ¿Siento como mio los dolores y sufrimientos de mis    hermanos y hermanas en este mundo?
        ¿Cómo podría prepararme para la celebración del       nacimiento de Jesús?
        ¿Qué signos de esperanza podríamos ofrecer en nuestra   comunidad, familia o parroquia?
 
Oremos:
 
¡Maranatha!
¡Ven, Señor, Jesús!
Yo soy la Raíz y el Hijo de David,
la Estrella radiante de la mañana.
El Espíritu y la Esposa dicen: "¡Ven, Señor!"
Quien lo oiga, diga: "¡Ven, Señor!"
Quien tenga sed, que venga; quien lo desee,
que tome el don del agua de la vida.
Sí, yo vengo pronto.
¡Amén! ¡Ven, Señor, Jesús!