domingo, 13 de enero de 2013

Homilía Domingo del Bautismo del Selor.

"Hijos de Santa Ana"


Lucas 3, 15-16. 21-22. Tu eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.

       El bautismo del Señor, la fiesta que concluye el tiempo de Navidad, marca el comienzo de la vida pública de Jesús.

       No sabemos exactamente cuántos años tenía en ese momento. La tradición  nos dice que unos treinta. En todo caso, parece ser que Jesús vivió unos cuantos años una vida escondida, sin manifestarse como el Mesías, sin hablar de su misión a los que se acercaban  a él, sin diferenciarse en nada de otro judío más de los que vivían en Galilea en su tiempo.

       Pero, de repente, algo sucede que un día lo hace salir de su casa, dejar la tranquilidad del hogar familiar, del trabajo seguro, de la compañía de sus conocidos y familiares, y acercarse a Juan el Bautista. Posiblemente la fama de este se había extendido ya por toda la Judea y Galilea. Predicaba la inminencia de la venida del Mesías e invitaba al pueblo a convertirse de sus malos caminos para preparase ante su venida cercana.

       ¿Qué pensó Jesús ante esa predicación? No lo sabemos, pero está claro que ante Juan tomo conciencia de quien era, de cuál era su misión. Se dio cuenta de que había llegado el tiempo de dejar su casa y de salir a los caminos para predicar el Reino de Dios. No fueron las decisiones insustanciales de un niño. Fue una decisión sería y radical de una persona adulta que toma las riendas de su vida y se dirige a donde quiere. Su destino final, la muerte en la cruz, no fue un accidente. Fue el fruto de esta decisión de Jesús de poner su vida al servicio del Reino.

 

       El Bautismo de Jesús marca ese momento trascendental, de cambio, que determina su futuro. Antes de su Bautismo, es seguro que Jesús se dedicó muy seriamente a pensar en su vida, en su misión. Cuando la vio claro, entonces se decidió. Se presentó a Juan y se hizo bautizar. Y del mismo cielo le llegó la confirmación de su misión: “Tú eres mi Hijo, el amado”. A partir de entonces su vida dio un vuelco total.

       Nosotros fuimos bautizados cuando éramos niños, me imagino que la mayoría. No fue fruto de nuestra decisión sino de nuestros padres. Pero nunca es tarde para pensar si realmente queremos asumir aquel Bautismo como nuestro. Para decirlo de una forma simple: ¿queremos ser de verdad cristianos? Porque no vale la pena quedarnos en la mediocridad. Tenemos que tomarnos nuestra vida en serio y no ser cristianos de domingo sino de todos los días y de todas las horas.

 

       A nuestra vida, para ser humana, le falta una dimensión esencial: la interioridad. Se nos obliga a vivir con rapidez, si detenernos en nada ni en nadie, y la felicidad no tiene tiempo para penetrar hasta nuestra alma.

       Pasamos rápidamente por todo y nos quedamos casi siempre en la superficie. Se nos está olvidando escuchar y mirar la vida con un poco de profundad.

       El silencio nos podría curar, pero ya no somos capaces de encontrarlo en medio de nuestras mil ocupaciones. Cada vez hay menos espacio para el espíritu en nuestra vida diaria. Por otra parte, ¿Quién se atreve a ocuparse en cosas tan sospechosas como la vida interior, la meditación o la búsqueda de Dios?

       Privándonos de la vida interior, sobrevivimos cerrando los ojos, olvidando nuestra alma, llenándonos de proyectos, ocupaciones, planes.

       Tantas veces en medio de tantas cosas, ni siquiera la religión es capaz de darnos calor y vida interior. En un mundo en la cual prevalece el exterior, la superficialidad. Dios queda como un objeto demasiado lejano, y de poco interés para la vida diaria.

       Los evangelios presenta a Jesús como el que viene a “bautizar con Espíritu Santo, es decir, como alguien que puede limpiar nuestra existencia y sanarla con la fuerza del Espíritu. Y, quizás, la primera tarea de la Iglesia actual sea, precisamente, la de ofrecer esa “Bautismo del Espíritu Santo” al hombre de hoy.

       Necesitamos ese Espíritu que nos enseñe a pasar de lo puramente exterior a lo que hay en lo más íntimo del hombre. Un Espíritu que nos enseñe a coger  a ese Dios que habita en el interior de nuestras vidas.

       No basta que el evangelio sea predicado con palabras. Nuestros oídos están demasiado acostumbrados a no escuchar el mensaje de las palabras. Solo pueden convencerse con la experiencia de la vida real, viva concreta de una alegría interior nueva.

 

INTERROGATE:

       ¿Qué recuerdo tienes de las ceremonias de Bautismo a las que has asistido?

       ¿Qué piensas de tu propio bautismo?

       ¿Qué significa para ti  ser cristiano?

       ¿Basta con ir a Misa los domingos, quizás ni siquiera todos, o ser cristiano significa algo más?

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