sábado, 9 de febrero de 2013

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

 
"Hijos de Santa Ana"
 
        El evangelio de hoy nos acerca a un momento de la vida de Jesús. Está hablando de Dios  a la gente, cerca del lago. El gentío es grande y pide a Pedro que lo deje subir a su barca para hablar desde ahí. Cuando termina, lo invita a remar mar adentro para echar las redes. Ahí se produce la confusión.

         Ya habían estado toda la noche trabajando y no habían pasado nada. Pero en su nombre vuelven a echar las redes. Se produce el milagro. Y, curiosamente la reacción de Pedro es parecida a la del profeta Isaías en la primera lectura: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. Pedro se da cuenta de que Jesús es algo más que un predicador, que un profeta. Jesús es Dios mismo. No es el Dios en poder de la primera lectura, pero es Dios. Es Dios cercano, hecho hombre, amable, lleno de compasión y misericordia.

         Curiosamente también, Dios actúa del mismo modo tanto en la primera lectura como en el evangelio: salva, purifica, perdona y envía. El profeta se sentía perdido e impuro. Pedro se sentía pecador. A los dos, Dios los recoge, los levanta y los hace colaboradores  de su plan de salvación. “No teman, desde ahora serás pescador de hombres”. Para Isaías y para Pedro, y también para nosotros que escuchamos hoy estas lecturas, se abre un nuevo futuro más allá de nuestras limitaciones, de nuestros pecados.

         Los textos nos recuerda que somos colaboradores de Dios, cada uno de nosotros fuimos elegidos, desde nuestro bautismo, (los religiosos y sacerdotes cuando hemos descubierto nuestra vocación, se ha redoblado esa invitación).

         Como vemos en las dos lecturas, Isaías y el evangelio, se pasa de una situación de frustración a otra de asombro. Cuando Dios actúa en nuestra vida, en nuestra historia personal, siempre causa asombro, si recordamos nos sorprendía nuestra propia elección.

         Pero, por desgracia en nuestro mundo materialista y tecnificado estamos perdiendo esta capacidad de asombrarnos. Nos estamos volviendo materialista, queremos dominarlo todo con un botón, aún las cosas de Dios. Sin esta capacidad estamos ciegos para dejarnos cautivar por Dios.

         La tentación es siempre querer domesticar a Dios para que haga lo que nosotros queremos y no lo que él quiere. Recordemos que Dios es siempre original e indomable.

         Dios nos provoca no para que nos sorprendamos sino para que tengamos confianza en él como lo hizo con Isaías y con Pedro, que tengamos fe, la fe que vence las dudas, que vence nuestra propia indigencia.

         Recordemos que la fe es un don de Dios, pero que tiene necesidad de la cooperación del hombre para crecer. Alejandro Volta decía que: “Considero la fe como un don sobrenatural de Dios, pero no he dejado de lado ningún medio humano para reforzarla y aclarar cualquier duda que pudiera ponerla en peligro”.

         Interrógate:

         Cuando entro en la iglesia y me pongo en la presencia de Dios, ¿me siento perdido como Isaías o pecador como Pedro? ¿O experimento que Dios me perdona, me levanta y me hace su colaborar para extender su Reino?

         ¿Qué significa en mi vida concreta ser mensajero del amor y la misericordia de Dios?

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